domingo, 2 de agosto de 2026

Mientras no se doblegara.

—¿Cómo te atreves a resistir? —rugió rabioso el verdugo.

—No me queda otra; ellas cuentan conmigo para seguir viviendo. Si yo cediera, ¿cuánto tiempo crees que tardarías en encontrarlos y asesinarlos? —dijo el joven guerrero de ojos azules y melena ondulada mientras luchaba y se debatía contra el dolor que aquel matarife le estaba infligiendo.

—Pues te voy a dar una sorpresa —rió sádicamente—. Los he atrapado y ahora estoy viendo cómo te desollo vivo.

Aquello hizo que se tambalearan sus cimientos; no podía dejar que su equipo lo viera desfallecer.

​El guerrero alzó la vista. Entre la bruma del dolor, distinguió las siluetas encadenadas en la sombra. Sus miradas no reflejaban derrota, sino terror por él.

​—Entonces mira bien —escupió el joven, con una sonrisa sangrienta que desencajó al verdugo—. Mira cómo muere un hombre que no se doblega.

​Un grito mudo recorrió la sala cuando el metal volvió a morder su carne, pero el guerrero no emitió sonido. Su silencio se volvió un escudo para los suyos; mientras él no se quebrara, ellos seguirían teniendo un líder. 

El verdugo, ahora tembloroso, comprendió que había perdido: no se puede desollar el espíritu

M. D. Álvarez 

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