—No me queda otra; ellas cuentan conmigo para seguir viviendo. Si yo cediera, ¿cuánto tiempo crees que tardarías en encontrarlos y asesinarlos? —dijo el joven guerrero de ojos azules y melena ondulada mientras luchaba y se debatía contra el dolor que aquel matarife le estaba infligiendo.
—Pues te voy a dar una sorpresa —rió sádicamente—. Los he atrapado y ahora estoy viendo cómo te desollo vivo.
Aquello hizo que se tambalearan sus cimientos; no podía dejar que su equipo lo viera desfallecer.
El guerrero alzó la vista. Entre la bruma del dolor, distinguió las siluetas encadenadas en la sombra. Sus miradas no reflejaban derrota, sino terror por él.
—Entonces mira bien —escupió el joven, con una sonrisa sangrienta que desencajó al verdugo—. Mira cómo muere un hombre que no se doblega.
Un grito mudo recorrió la sala cuando el metal volvió a morder su carne, pero el guerrero no emitió sonido. Su silencio se volvió un escudo para los suyos; mientras él no se quebrara, ellos seguirían teniendo un líder.
El verdugo, ahora tembloroso, comprendió que había perdido: no se puede desollar el espíritu
M. D. Álvarez
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