—¿Te gusta? —preguntó ella, cruzándose de brazos con una sonrisa traviesa.
—¡Está buenísimo! —respondió él con la boca llena, sintiendo cómo el sabor del jamón y el queso se mezclaba con su creciente nerviosismo.
Ella se acercó un poco más, disfrutando del momento. Algo en la forma en que él devoraba el bocadillo la hacía sentir poderosa. Era un juego sutil, pero emocionante.
—Sabes, hay otras cosas que también se pueden devorar —dijo ella, levantando una ceja y dejando caer una insinuación en el aire.
Él tragó de golpe, mientras sus ojos se abrían como platos. La situación había cambiado drásticamente; ya no solo era un bocata en juego.
—Ehh... ¿A qué te refieres? —preguntó él, intentando sonar despreocupado pero sintiendo que su corazón latía más rápido.
—A veces, un buen bocadillo no es suficiente… —respondió ella, acercándose aún más hasta que el espacio entre ellos se volvió electrizante.
Él sintió cómo su mente se nublaba entre la confusión y la emoción. En ese instante, todo lo que sabía sobre chicas y citas parecía irrelevante. Estaba atrapado entre el deseo de decir algo ingenioso y la pura adrenalina de estar tan cerca de ella.
—¿Entonces… deberíamos hacer una cena juntos alguna vez? —logró articular al fin, deseando que no sonara demasiado torpe.
Ella sonrió, satisfecha por su respuesta.
—Eso sería genial. Pero primero tendrás que invitarme a comer algo más que un bocata —dijo mientras le guiñaba un ojo.
Él ajoven lobo sintió, que estaba dando sus primeros pasos en un mundo nuevo lleno de posibilidades.
—Trato hecho —respondió, ahora más confiado—. Y prometo que será algo mucho mejor.
Mientras terminaba su bocadillo con una sonrisa tonta en el rostro, ambos sabían que esa noche había marcado el comienzo de algo especial entre ellos: no solo compartían comida, sino también un nuevo tipo de conexión que prometía ser deliciosa.
M. D. Álvarez
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