—Pero mamá, es mi amigo, no es comida —protestó el pequeño, que cogió el gazapo y lo devolvió a la conejera.
Su madre lo miró con tristeza; sabía que su pequeño no conocía nada del mundo al que un día debería adentrarse y removió su despeinada cabellera. Sus ojos azules la miraron con alegría.
—Verás, mi amor, hoy para comer tienes una sorpresa —dijo ella.
El pequeño la miró, intentando descubrir qué había para comer.
—Anda, vamos y lo verás —dijo ella.
Él no se había dado cuenta de que faltaba uno.
M. D. Álvarez
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