viernes, 14 de agosto de 2026

Devoción por él.

Alis fue todos los días al hospital mientras estuvo ingresado tras recibir una paliza de un grupo de neonazis que le rompieron cinco costillas, el radio del brazo derecho y le causaron una fractura de cráneo. Los médicos le hablaban, inducido un coma; ella le llevaba a diario un ramo de flores frescas y le contaba su día en la cafetería, de lo mucho que lo echaba de menos. 

Creyó percibir un leve movimiento en sus dedos y llamó al doctor. Él le dijo: —Puede ser un acto reflejo, sin más. Sus lesiones son muy graves y no creo que se pueda recuperar.

Alis quedó devastada, no daba crédito a lo que el doctor le decía y le respondió: —Usted no sabe de lo que es capaz. Y si le digo que saldrá de esta, es que lo logrará. Quiero hablar con otro especialista. 

—Haya, usted, dijo despectivamente el médico.

Alis fue a hablar con uno de los mejores neurocirujanos y amigo personal de ella. Le contó cuán importante era su amigo para ella y de su capacidad de sufrimiento, ya que lo conocía desde que eran críos y sabía que, si se lo proponía, lograría superar el coma.

El neurocirujano la escuchó con atención y le prometió hacerse cargo de su compañero. Alis regresó al día siguiente y notó una gran mejoría en el estado de su amigo, pero todavía seguía inconsciente. 

—Todo se andará, tiene una gran fortaleza y capacidad de recuperación, ‐dijo el neurocirujano.

Alis regresó día tras día hasta que una mañana él abrió los ojos y la vio sentada a su lado.

—Alis, ¿cuánto he estado durmiendo? —preguntó él. 

Al escuchar, aunque fuera con un hilo de voz, ella lo miró con dulzura y le dijo:— Bienvenido al mundo de los vivos.

Alis no pudo reprimir sus lágrimas después de haberse mantenido fuerte para él. Ahora sentía cómo sus lágrimas se desbordaban y no podía parar, pero no eran de tristeza; todo lo contrario, eran de alegría. Siempre supo que él lograría regresar junto a ella.

M. D. Álvarez 

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