Habían faltado al honor contra su líder, que yacía medio muerto al pie del altar. El ente superior azotaba, sin contemplaciones, a sus amigos.
Su líder trató de levantarse sin conseguirlo; intentaba por todos los medios interponerse entre su equipo y aquel ente superior.
Cuando vio que intentaba flagelar a su chica, su furia se desató y, con un esfuerzo sobrehumano, se alzó y le gritó: —Si la tocas, te arrepentirás.
—Tú no deberías inmiscuirte, rugió el ser supremo, alzando el látigo, lo que lo volvió furioso. Dándole fuerzas renovadas, se lanzó contra aquella criatura celestial, que se vio sorprendida ante el salvaje ataque de aquel joven licántropo.
El impacto resonó en la estancia. Con un rugido visceral, el joven hundió su puño en el núcleo radiante del ente, fracturando su armadura de luz. La criatura retrocedió, su esencia divina goteando como oro líquido sobre el frío suelo.
Por primera vez, el miedo cruzó el rostro del ser superior. El líder, erguido frente a su equipo, no era ya un hombre herido, sino un muro infranqueable. La tiranía del altar había terminado.
M. D. Álvarez
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