Ella había desaparecido y el último lugar donde su localizador la situaba era en aquel infierno de llanas. Algo llamó su atención: un cuerpo sobre una loma. Aterrizó en una pradera cercana.
Descendió; llevaba un botellín y una manta ignífuga. Cuando llegó, percibió que respiraba, la incorporó y obligó a beber. Ella se resistió al principio, pero él la calmó y dijo: "Angie, tranquila, te he encontrado. Ahora bebe un poco".
Ella obedeció y bebió un trago. Él la levantó; las llamas los habían rodeado. Marcus dijo: "Te voy a sacar de aquí", y se echó encima la manta ignífuga, cubriendo a Angie con ella, y salió a la carrera hacia su avioneta. La subió y depositó en el asiento del copiloto, y arrancó. Era un piloto impresionante; podía aterrizar y despegar en la cabeza de un alfiler.
Llegó a su hangar privado y la ayudó a bajar. Angie, todavía asustada y tiritando, lo abrazó.
—Ey, sabes que te buscaría hasta en el mismo infierno, removería el cielo y el infierno por ti, y lo sabes.
Ella lo había elegido por su integridad, constancia y temperamento.
Ella lo miró a los ojos, aquellos ojos azules que la habían encandilado, y dijo: "Sabía que me encontrarías", y lo besó con ternura.
Continuará...
M. D. Álvarez
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