Arriba, ella permanecía junto al ventanal, pero ya no miraba el bosque. Sus ojos, de un verde esmeralda que parecía brillar con luz propia, estaban fijos en el suelo húmedo junto al porche. Allí, apenas visible entre la maleza, había una marca: la huella de una pisada humana, pero demasiado perfecta, como si alguien la hubiera dibujado con cuidado. Un símbolo. Un mensaje.
Lo sabía. Ellos habían vuelto.
No era la primera vez que su pasado la alcanzaba. Pero antes, siempre había logrado mantenerlo alejado, borrando rastros, moviéndose en la oscuridad. Esta vez, sin embargo, el olor a azufre persistía, flotando entre los pinos como una advertencia. No podía permitir que él lo supiera. Su licántropo, tan feroz y tan tierno, tan entregado... no estaba preparado para esa parte de ella. Para lo que ella había sido antes de encontrarlo.
Oyendo sus pasos acercarse por las escaleras, apretó los puños. La sonrisa maliciosa se desvaneció, reemplazada por una expresión de dulce expectativa. Él entró en la habitación con la bandeja, orgulloso como un cachorro que trae su primer premio de caza, y ella se volvió hacia él, las manos extendidas para recibir la taza.
—Gracias, mi amor —susurró, llevando el borde de porcelana a sus labios. Él se sentó a sus pies, apoyando la cabeza en sus rodillas, y ella, con la mano libre, acarició su pelo áspero y cálido. Él emitió un gruñido de satisfacción, cerrando los ojos.
Pero sus pensamientos ya no estaban con él. Volaban hacia la cueva oculta, a tres kilómetros al este, donde había dejado las ofrendas. El fuego de anoche no era para calentarse, sino para sellar un pacto. Y el olor a azufre no era casual: era la firma de quienes habían venido a cobrarlo.
Esa tarde, mientras él dormitaba al sol del porche, ella se deslizó fuera de la cabaña. Caminó rápido y en silencio, su figura esbelta desapareciendo entre los árboles. Llegó a la cueva justo cuando el sol comenzaba a teñir el cielo de naranja. Allí, en la entrada, encontró lo que temía: tres figuras encapuchadas, inmóviles como estatuas. El aire olía a tierra mojada y a metal quemado.
—Pensamos que habías olvidado la cita, hermana —dijo el del centro, con una voz áspera, como piedras rozándose.
—No he olvidado nada —respondió ella, con una frialdad que nunca mostraba en casa—. Pero el trato ha cambiado. No les daré lo que piden.
El de la izquierda dio un paso adelante. —El pacto fue sellado con sangre. Con su sangre, la de tu linaje. No puedes romperlo.
Ella sonrió, pero esta vez no había rastro de la ternura que mostraba a su licántropo. Era una sonrisa afilada, letal. —Observen —dijo simplemente, y alzó una mano.
Desde las sombras de la cueva, algo se movió. Unos ojos brillaron en la oscuridad, seguidos de otro par, y otro más. Eran lobos, pero sus siluetas parecían fundirse con la penumbra, y sus miradas eran demasiado inteligentes para ser animales. Los hombres encapuchados retrocedieron, sorprendidos.
—No vine sola —añadió ella, y en su voz resonó un eco de poder ancestral—. Y él, aunque no lo sepa, también es parte de esto ahora. Si insisten, tendrán que enfrentarse a más de lo que esperan.
Mientras hablaba, a lo lejos, en la cabaña, el licántropo despertó sobresaltado. El viento había cambiado, y ahora traía hasta él, nítido e inconfundible, el olor de su amada mezclado con el de peligro, de magia antigua y de enemigos. Sus ojos ámbar destellaron. Por primera vez, el amor y el instinto no luchaban dentro de él, sino que se alineaban en un mismo propósito: protegerla.
Con un salto, salió del porche y se lanzó hacia el bosque, siguiendo su rastro sin vacilar. Esta vez, no corría para complacerla. Corría para encontrarla, para enfrentar lo que fuera que amenazaba el mundo que habían construido juntos. Y en su pecho, un nuevo fuego ardía: el de un protector que, por fin, estaba despertando.
M. D. Álvarez
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