Él era instruido y educado, y lo estaban culpando de haber aniquilado a tres rebaños de obejas. No era aterrador ni sanguinario; era todo lo contrario: dulce, encantador y estaba enamorado de una hermosa doncella que lloró e imploró, diciendo que él no pudo ser el culpable porque se encontraba con ella.
El joven dijo: "Mi sol, cierra los ojos, no quiero que me recuerdes así".
Un crujido seco y todo acabó. Ella maldijo al árbol.
M. D. Álvarez
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