Fue el momento en que mataron al árbol. Pese a los nobles intentos de salvarlo, no hubo manera de recuperarlo; aquel rayo lo había fulminado en un acto de furia.
Su pecado fue simple: haber cobijado bajo sus ramas el amor de su bella hija por un joven lugareño, imberbe y de ojos azules, que todas las noches acudía al encuentro amoroso bajo las ramas de tan hermoso árbol.
Y, para mayor irritación de su padre, fue que el árbol llevaba su nombre: el árbol de Júpiter.
M. D. Álvarez
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