lunes, 17 de agosto de 2026

La armadura de Marcus.

Su imponente apostura e integridad le daban un aspecto fuerte y recio, pero bajo toda esa fachada se escondía un tierno loboto que tuvo que crecer deprisa. Solo había alguien que conocía su ternura y acudía a ella cuando la presión lo sobrepasaba, y esa noche estuvo a punto de explotar. 

Ella lo encontró sentado en su porche, cabizbajo. 

Se sentó junto a él y le preguntó: 

—¿Qué te ocurre, Marcus? ¿Qué te trae tan sombrío? 

—Angie, creo que he estado al borde de la locura. He estado a punto de matar a un grupo de gamberros; solo me he detenido al ver mis puños ensangrentados. 

Ella cogió sus temblorosas manos con delicadeza y besó sus maltrechos puños. 

—Mi dulce amor, tú eres capaz de controlarte en los peores momentos y, cuando te veas perdido, tan solo piensa en mí —dijo Angie.

Marcus dejó escapar un suspiro tembloroso y apoyó la frente en el hombro de ella, permitiéndose, por primera vez en años, ser el niño que tuvo que crecer deprisa. La armadura de Marcus cayó al suelo de madera, invisible pero pesada, mientras Angie le acariciaba el cabello.

Continuará 

M. D. Álvarez 

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