Ella lo encontró sentado en su porche, cabizbajo.
Se sentó junto a él y le preguntó:
—¿Qué te ocurre, Marcus? ¿Qué te trae tan sombrío?
—Angie, creo que he estado al borde de la locura. He estado a punto de matar a un grupo de gamberros; solo me he detenido al ver mis puños ensangrentados.
Ella cogió sus temblorosas manos con delicadeza y besó sus maltrechos puños.
—Mi dulce amor, tú eres capaz de controlarte en los peores momentos y, cuando te veas perdido, tan solo piensa en mí —dijo Angie.
Marcus dejó escapar un suspiro tembloroso y apoyó la frente en el hombro de ella, permitiéndose, por primera vez en años, ser el niño que tuvo que crecer deprisa. La armadura de Marcus cayó al suelo de madera, invisible pero pesada, mientras Angie le acariciaba el cabello.
Continuará
M. D. Álvarez
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