miércoles, 12 de agosto de 2026

Raptada.

Su amada novia había sido secuestrada por sus hermosos ojos verdes y su cabello pelirrojo, pero lo peor fue que no solicitaron ningún rescate; la raptaron para venderla como esclava sexual a la camorra de la Sacra Corona Unita. 

Él no se daría por vencido; la buscaría hasta en el mismo infierno. Le daría una paliza al mismísimo diablo para recuperarla. Cuando descubrió que la habían raptado como esclava sexual, se volvió loco y se dirigió rabioso a la casa del capo, que no tenía conocimiento de ningún rapto. 

Pero nuestro noble caballero se lo hizo pagar con creces y le sacó un nombre y la dirección: Gabriele Brambilla, un soldado con ínfulas de mafioso.

Lo vigilo y, cuando descubrió su rutina, lo esperó en un callejón y lo sorprendió agarrándose del cuello. Y rugió: —¿dónde está Angie? Sé que la raptaste tú.

—Ya no está en mi poder —dijo, tomando el poco aire que su férrea mano dejaba pasar.

—¿Y dónde está ahora? —siseó entre dientes.

—La he vendido al capo di tutti capi —dijo casi sin voz Giuseppe Angelucci, cuando se dio cuenta de que aquel aguerrido joven no iba a dejarlo vivir.

En cuanto le sacó el nombre, lo noqueó, dejándolo esposado a un contenedor de basura.

Se montó en su Triumph, se puso el casco integral y se fue a la villa del capo di tutti capi Giuseppe Angelucci.

La villa era una fortaleza casi inexpugnable, pero no conocían su determinación. Con tesón, logró colarse en el terreno, reduciendo a cuantos vigilantes se le acercaban. Cuando estuvo seguro de que no había más vigilancia ni guardaespaldas, derribó la puerta de roble. Giuseppe la había cogido por el cuello; ella estaba semidesnuda.

—¿Estás bien? —preguntó él en cuanto.la vio.

Ella trató de responderle, pero Guiseppe la mantenía inmovilizada, agarrándola del cuello.

—Será mejor que la sueltes —bufó el joven con una mirada asesina.

—No me das miedo; además, ya he catado la mercancía y es fogoso —dijo Guiseppe, burlón.

Ella supo que debía zafarse de aquel bruto, así que le golpeó con el codo lo suficientemente fuerte como para hacerle aflojar la presión. Aquello lo aprovechó su compañero, que, con la velocidad de un rayo, golpeó al mafioso en la entrepierna, haciendo que se doblara de dolor. Seguidamente, le propinó sendos ganchos al hígado que terminaron de derribarlo al suelo.

Se separó del cuerpo del mafioso, recogió una bata de seda y se la ofreció a ella, que la tomó con delicadeza.

—Sabía que me encontrarías, dijo en un susurro.

M. D. Álvarez 

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