sábado, 8 de agosto de 2026

Un chico maravilla.

Lo vio inquieto, como preocupado, y le preguntó: "¿Qué te preocupa, Marcus? Te veo intranquilo. ¿Ha pasado algo?"

Él la miró fijamente, como si no la viera, y dijo: —Tengo un problema y no sé cómo arreglarlo.

—Tú, si tú eres un chico encantador, ¿qué problema vas a tener tú, el chico maravilla? —dijo ella para quitarle importancia, pero la mirada que le lanzó la hizo preocuparse. ¿Puedo ayudarte? preguntó con calma.

—No, es mi problema y debo resolverlo yo —dijo, levantándose y dirigiéndose hacia la salida.

—Marcus, sabes que puedes contar conmigo para lo que quieras, dijo ella.

—Lo sé, Angie. Siempre has sido un gran apoyo para mí, pero esto debo resolverlo solo.

Angie lo siguió; estaba preocupada por él. Llevaba días distraído y lo siguió hasta un tugurio de mala muerte, donde una banda de camorristas ejercía un férreo control sobre los proxenetas, yonkis y prostitutas.

Angie entró sin esperar lo que iba a ver. En aquel antro había un corro de gamberros jadeando a un gigantón que parecía estar dando una paliza a alguien. Hasta que, de pronto, el mastodonte cayó a tierra y sobre él estaba Marcus. Al verla, sus ojos reflejaron terror; si la descubrían, le harían daño. Y rugió: —¿Quién es el siguiente? 

Otro bravucon trató de golpearlo sin conseguirlo. Angie asistía entre aterrorizada y preocupada cuando una de las jovencitas le preguntó:   —¿Lo conoces?"

—Sí, es mi amigo, respondió Angie. —¿Y tú, lo conoces?"

—Es mi hermano. Hoy ha venido a pelear por mí. Será mejor que te vayas ahora que aún no te han descubierto. Tranquila, aún no he visto que nadie pueda con él.

La jovencita la acompañó a la puerta y le dijo: —He visto cómo te miraba y creo que siente algo por ti.

M. D. Álvarez 

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