El viajero ajusta el abrigo, desgastado por la desilusión. Sabe que más allá de las montañas el sol es una trampa de luz tibia que jamás llega a calentar los huesos. Allí arriba, las certezas se endurecen como el hielo y las palabras sobran.
Acelera el paso hacia esa helada penumbra, consciente de que donde todo se congela, ya nada puede romperse.
M. D Álvarez
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