Esa noche saldrían a cenar un bocadillo de calamares, o eso pensaban. Cuando llegaron a la bocatería, vieron cómo un calamar gigante se apoderaba del edificio de planta baja, extendiendo sus tentáculos como King Kong.
Él se quitó la chaqueta; necesitaba libertad de movimiento para poner en vereda a aquel coloso marino que, con su tinta negra como el carbón, lo pringó antes de verse reducido por aquel joven de ojos azules cuya novia lo esperaba con devoción. No permitiría dejarla sin cenar.
Con destreza y agilidad, el chico lanzó una red improvisada que atrapó al calamar, mientras él apenas podía contener la risa ante aquella absurda situación.
M. D. Álvarez
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