Necesitaban despejar el camino, ya que por ahí debía pasar una de las fuerzas telúricas y necesitaban tener acceso directo a ella si querían que él alcanzara todo su potencial.
La onda expansiva no solo astilló la madera; fracturó el silencio de la montaña. Al caer el coloso, la tierra rugió, liberando un torrente de energía esmeralda que ascendió por las grietas. Él aguardaba en el epicentro, sintiendo cómo el pulso del mundo, ahora sin obstáculos, inundaba finalmente sus venas.
M. D. Álvarez
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