domingo, 23 de agosto de 2026

La llave.

El único apoyo que tenía era el de su pareja, un aguerrido y atento licántropo que bebía los vientos por ella. Era un auténtico amor; nunca se dejaba ni un detalle con ella, la mimaba, y a ella le gustaba cómo se desvivía por ella y le dejaba hacer. Era un encanto; adoraba verlo salir corriendo cuando ella le pedía algo. Por las noches, adoraba sus caricias y lametones. Era un licántropo inexperto, pero suplía sus carencias con suaves gruñidos que ella parecía adorar.

Una mañana, el licántropo se despertó sobresaltado por un olor que conocía bien, aunque hacía mucho que no lo percibía: la humedad de la tierra recién removida y algo parecido al azufre. Giró su cabeza, que aún conservaba la forma alargada y peluda de la noche, y vio a su pareja de pie junto al ventanal, observando el bosque con una intensidad inusual.
—¿Qué pasa, cielo?", preguntó él con un gruñido bajo, sus ojos ámbar fijos en ella.

​Ella tardó un instante en responder, como si estuviera sopesando la verdad. —Nada importante, amor. Solo... me pareció ver un rastro, quizás el de un ciervo, moviéndose demasiado cerca de aquí. No te preocupes por ello; solo vuelve a dormir, mi guerrero. Hoy tienes que estar fuerte", dijo con una sonrisa que no llegó a sus ojos.

​Él no se conformó, pero la adoración que sentía siempre ganaba la batalla a su instinto. No obstante, al acercarse a besar su mano, sus orejas captaron un detalle que lo hizo dudar: la suavidad del terciopelo de su bata olía levemente a sangre y a una flor silvestre que solo crecía en lo profundo de las cuevas. Ella notó su intranquilidad y rápidamente le dio una orden, suave, pero firme.
—Corre, cariño. Tráeme el té de la cocina, y no demores. Necesito mis energías para enfrentarme al día.

​El corazón del joven licántropo dio un vuelco de emoción. Correr por ella era su mayor deleite. Salió disparado de la habitación, la inquietud olvidada por el placer de complacer a su amada. Ella suspiró aliviada, y al ver que ya no estaba, sus labios dibujaron una sonrisa mucho más genuina, una que mezclaba la satisfacción y una pizca de malicia. No era un rastro de ciervo lo que la había atraído a la ventana, sino el recuerdo del pequeño fuego que había extinguido antes del amanecer, un fuego que no era para ella, sino para los otros

Continuará...

M. D. Álvarez 

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