Su melliza se tomaba las cosas con más calma; siempre miraba primero a su padre y después a su madre. Si recibía la confirmación de ambos, entonces sabía que no había peligro.
Devastación era impulsivo y bruto, pero también era paciente con su hermana y cuidaba de ella. Hubo un día en que la perdió de vista tan solo un instante.
Su padre dijo: "Tranquilo, la encontraré." Olfateó el aire y, al momento, detectó el dulce aroma de su pequeña; no estaba lejos de allí. Cogió a Devastación y dijo: "Sabes cómo huele tu hermana, sé que puedes rastrearla." El chiquitín hizo motines, pero finalmente olfateó el aire y allí estaba el olor de su hermanita.
"Ve y dile que no pasa nada, que tú siempre la encontrarás y no dejarás que nada ni nadie le haga daño", dijo su padre acariciando su denso pelo.
Devastación gateó hasta el lugar donde se encontraba su melliza, acurrucada, y con tan solo la mirada dijo que nunca más la perdería de vista. Ella lo abrazó con desesperación; en su mirada había visto terror, pero cuando vio aparecer a su madre y a su padre, saltó a los brazos cálidos de su querida madre, mientras Devastación hacía lo propio con su padre.
Él le había dado la oportunidad de hallar a su hermana, pero había un rictus de desaprobación en el lobuno rostro de su padre y recordó lo que le había dicho: "Ella nació primero, pero necesita de tu valor para alcanzar su potencial. No debes perderla de vista ni un momento."
Devastación agachó la cabeza; se sentía culpable, pero su padre lo alzó sobre su cabeza y dijo: "Sé que serás un gran hermano para Esperanza."
Aquello lo llenó de orgullo y lanzó su primer aullido, que fue seguido por uno mucho más potente: el aullido de su padre, seguido por los de su madre y hermana.
Continuará...
M. D. Álvarez
No hay comentarios:
Publicar un comentario