Habían discutido por un osito de peluche. La llamó aterrorizado, pero el bullicio ahogó su voz.
Se dirigió a la caseta de seguridad y tomó el micrófono. —Angie, mi sol, tengo tu osito. Ven, siento haberme enfadado, dijo compungido.
Dos minutos después, la chiquilla corrió con lágrimas en los ojos a los brazos de su padre, quien la aupó con cariño.
M. D. Álvarez
No hay comentarios:
Publicar un comentario