Esa noche, en la laguna donde solían sucumbir a la pasión, algo lo espantó.
—¿Qué tiene, mi dulce lobito? Algo te atemoriza. Ven conmigo, yo te protegeré, susurró ella al oído del licántropo que temblaba de pánico.
En el linde del bosque, los matorrales crujieron y una adorable ardilla asomó.
—¿Ves, mi tierno lobito? Solo es una dulce ardillita dijo, jugueteando con el velludo pecho de su aguerrido amante, que, lejos de calmarse, se arrebujó al lado de su amada, disfrutando de los cálidos y dulces arrumacos de su adorada.
M. D. Álvarez
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