sábado, 29 de agosto de 2026

Historia de una familia dispar. III parte.

La noche se cernía sobre el bosque como un manto de sombras, pero dentro de la cabaña reinaba una paz inesperada. Marcus, aún con el pelaje erizado y los sentidos alerta, se permitió un instante de calma. El calor de su familia lo envolvía como un bálsamo, y por primera vez en semanas, no sentía el peso de la amenaza constante.

Angie acariciaba suavemente la cabeza de Esperanza, mientras Devastación jugueteaba con la cola de su padre, riendo con esa risa contagiosa que solo los niños pueden tener. Marcus los observaba con una mezcla de orgullo y temor. Sabía que su linaje traía consigo una carga, una historia de sangre y secretos que no podía ocultar por mucho tiempo.

—Tenemos que irnos —dijo de pronto, rompiendo el silencio.

Angie lo miró con preocupación.

—¿Por qué? Pensé que aquí estaríamos seguros.

Marcus se acercó a la ventana, sus ojos azules brillando en la penumbra.

—No por mucho tiempo. Los que vinieron hoy no eran simples ladrones. Olían a plata... y a traición.

Angie palideció. Sabía lo que eso significaba. La manada. O lo que quedaba de ella.

—¿Crees que nos han encontrado?

Marcus asintió lentamente.

—Y no vendrán solos la próxima vez.

Esperanza se aferró a la pierna de su padre, como si entendiera el peligro que se avecinaba. Devastación, con su mirada desafiante, parecía listo para enfrentarse al mundo.

Marcus se agachó y los abrazó a ambos.

—No dejaré que nadie os haga daño. Ni ahora, ni nunca.

Angie lo miró con lágrimas en los ojos, pero también con una determinación férrea.

—Entonces nos vamos. Juntos.

Marcus sonrió, mostrando apenas sus colmillos.

—Siempre juntos —respondió con un susurro grave.

Continuará...

M. D. Álvarez

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