El parque floral era su lugar favorito. Se asemejaba a un recinto de atracciones donde podían cazar a abusones que, creyéndose seguros tras las adelfas y hortensias de gran tamaño, preparaban sus fechorías sin darse cuenta de que eran observados por dos criaturas de la noche que los cazarían cuando el crepúsculo cayera.
Él, con su melena negra al viento, comenzó a aullar mientras ella se dirigía sigilosa hacia la encrucijada del laberinto de flores; los malandrines no tendrían escapatoria.
M. D. Álvarez
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