—Sé que tienes una pasión desaforada, pero de momento no me estás calentando nada —dijo ella, como si no fuera con ella la exhibición de aquel apuesto joven. .
Aquello lo incentivó; su cuerpo humano pugnaba por controlar al ser de fuego y pasión que crecía en su interior. Con convulsiones y contorsiones, el licántropo surgió ardiente y apasionado.
Aquello la cautivó y cayó en sus brazos, fundiéndose como la lava derrite al hielo. Ardieron en un frenesí de sensaciones y pasiones encontradas que creían perdidas en el transcurrir de los eones.
M. D. Álvarez
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