Durante el resto del día, se refugiaba bajo las ramas de un centenario árbol de Teneré, de hojas color lila, que lo cobijaba gustosamente.
Por la noche, era hora de cazar. Se adentraba a altas horas de la noche en las arenas para aprovechar el frescor, se agazapaba en las dunas a la espera de alguna manada descarriada. Cuando estaban lo suficientemente cerca, saltaba sobre el ejemplar más fuerte, respetando a las hembras, crías y ancianos.
Aquella noche, una manada de recios zekrus se aproximó; el macho más fuerte cayó bajo las zarpas del joven licántropo.
M. D. Álvarez
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