martes, 21 de abril de 2026

En un futuro...

Intrépido y valeroso, así era él: un auténtico hijo de los dioses. Su padre, el gran señor de las cumbres escarpadas, y su madre, la hermosa señora de la sabana, lo concibieron en un intermedio entre guerra y guerra.

El precioso bebé era un adorable bebito de rollizos bracitos. Un buen día, cuando el pequeñín había comenzado a gatear, se bajó de su regia cuna y, valientemente, se dirigió gateando a la habitación de sus augustos padres. 

Allí vio un precioso objeto; sus ojos brillaban de satisfacción. Se encaminó hacia el gran pedestal y, a pesar de ser chiquitín, logró encaramarse al borde del podio. Cuando logró subirse a él, vio una enorme maza cuajada de zafiros, rubíes y diamantes; el mango era de recia madera de los altos árboles del bosque primordial. 

El pequeño agarró con su regordeta manita la maza, sintiendo tal dolor que contuvo el llanto, pero su padre se despertó y lo vio subido al soporte donde todas las noches depositaba su aterradora maza.

—Como se nota que eres hijo mío; tu valor y entereza te han mostrado lo fuerte que llegarás a ser —refirió su padre, cogiéndolo en brazos—, pero ahora será mejor que dejemos a Goldhain en su sitio.

Su benjamín no quería soltar la gigantesca maza e hizo moines, pero su padre le dijo: —Si tu madre se entera de que has tocado mi arma, me desuella vivo.

El chiquitín cedió justo antes de que su adorada madre se despertara.

—¿Qué ocurre, mi señor? —preguntó adormilada.

—Nada, mi reina. Tenemos visita; nuestro precioso querubín ha logrado recorrer la distancia desde su habitación a la nuestra. Menos mal que me he despertado...

Ella lo miró amorosamente y extendió sus níveos brazos hacia su esposo, y le dijo:

—Tendrá hambre —dijo ella, colocando al principito junto a su blanco pecho. El pequeñín mamó con delicadeza hasta que se quedó dormido, soñando con futuras batallas.

M. D. Álvarez 

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