La vi llegar hecha una furia; se ensañó con todos, los dejó hechos fosfatina y después vino hacia mí con aquella mirada tan sensual que no pude resistirme. Pero algo pasó, porque de pronto hubo un fundido a negro. No recordaba cuánto había pasado desde que perdí el conocimiento. Abrí los ojos y allí estaba ella, con mirada de preocupación; se había dejado un pandillero que me disparó en el hombro.
—Creí que te perdía —dijo, preocupada, mientras me acariciaba suavemente. —No sé qué habría hecho si te llegasen a matar —dijo, dócil y suavemente.
Intenté levantarme, pero ella me lo impidió, sujetándome con cuidado. —No te muevas o se te abrirá la herida —dijo mientras me besaba con delicadeza.
Fue ahí cuando supe que la quería y la amaría hasta el final de los días.
M. D. Álvarez
No hay comentarios:
Publicar un comentario