"No te asustes, mi Ares," susurró Iris, tomando suavemente su mano. El contacto fue como una descarga, pero esta vez, Ares no se retiró. "Lo que sientes no es debilidad, es pasión. La pasión es un fuego. Si no la controlas, te quema; si la dominas, te da una fuerza inigualable."
Lo guio a un banco de piedra. Ella se sentó y lo invitó a hacer lo mismo. Iris no le enseñó un truco ni una fórmula mágica. Le habló de la paciencia, de respirar hondo antes de actuar y de canalizar esa energía en la observación.
"Mírame, Ares. Siente la tensión, pero no dejes que te ciegue. Obsérvame."
Ares la miró fijamente. Vio la sonrisa, no el torrente. Sintió el roce, pero percibió el respeto. Se dio cuenta de que su arrebato no era por ella, sino por su propia falta de control.
Una paz inusual lo invadió. "Entiendo," dijo con voz firme. "Es la calma en medio de la tormenta."
Iris asintió con una mirada de orgullo. "Ahora eres un caballero, Ares. Uno que sabe que su mayor poder es la mente, no la fuerza bruta."
Ares conocía el poder de los hadrieles, e Iris le mostró cómo controlar su ira incontrolable tan solo con la observación.
M. D. Álvarez
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