De repente, un trueno rasgó el cielo, iluminando la habitación. Ella pudo ver su atrevido aspecto y su apostura; la embelesaba.
—Anda, ven aquí, que te voy a enseñar un par de cosas, -rió traviesa.
Extendió su níveo brazo y tomó con dulzura la mano de él, que permanecía en las sombras. Temerosos de su aspecto, siempre había permanecido oculto y desaparecía cada mañana sin dejar ni huella. Aquella noche de tormenta se sorprendió al ser descubierto por el amor de su vida.
M. D. Álvarez
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