Con delicadeza, tocó el antebrazo de su amado, que se despertó como si no hubiera pasado el tiempo.
Al verse desnudo, con tan solo unos adorables calzoncillos, preguntó:
—¿Y esto? —con una mirada perspicaz.
—Son tus calzoncillos favoritos y los adoro, aunque más te adoro a ti, mi dulce amor —respondió, feliz de que no recordara nada de su muerte.
M. D. Álvarez
No hay comentarios:
Publicar un comentario