Él se retrasaba; fuera tronaban rayos y centellas. De un momento a otro, se pondría a llover torrencialmente, y aún no había llegado.
De pronto, oyó la puerta: por fin había llegado. Venía calado hasta los huesos, pero se acercó silenciosamente a la cama, la besó y fue al baño para secarse. Después, se metió en la cama con ella y la abrazó con cuidado de no despertarla.
—Siento llegar tan tarde —susurró él con dulzura.
—No importa —respondió entre sueños—, tan solo quería sentirte a mi lado.
Mientras permanecían abrazados, la tormenta continuaba tronando fuera.
M. D. Álvarez
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