En la goma de sus calzoncillos estaba deshilachada, y ella decidió comprarle unos gayumbos nuevos y jubilar aquellos bóxer tan viejos. Pero él tenía un especial cariño a sus calzoncillos y no tenía pensado deshacerse de ellos, pues con ellos triunfó la noche que la conoció en aquella discoteca.
De entre todas las chicas con las que intentó acostarse, solo ella admiró sus bonitos calzoncillos.
—¿De verdad te gustan? —preguntó, sorprendido.
—Adoro tus gayumbos, cielo —dijo ella con una pícara sonrisa.
M. D. Álvarez
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