Debía ingeniárselas para que su maltrecho cuerpo llegara a las manos de Ava; solo ella podría descifrar la clave y sabría que no estaba muerto, tan solo bajo los efectos de la tetradotoxina.
Sintió cómo su corazón se ralentizaba hasta un límite casi imperceptible. Los carceleros lo sacaron y lo dejaron en el anatómico forense donde trabajaba Ava, quien, al descubrir su cuerpo, percibió un leve latido en la yugular.
M. D. Álvarez
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