En la goma de sus calzoncillos estaba impresa indeleble su huella genética. En las noches de luna llena, aquellos calzoncillos eran la única prenda que resistía al licántropo.
Su apetito voraz no lograba desembarazarse de aquella prenda elástica.
Así fue como ella lo reconoció por los gayumbos de ositos que le había regalado.
Ahora comprendía que el agujero en la parte trasera era una salida para su cola.
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