Los que decían que no se lo merecía no conocían los entresijos de su portentoso nacimiento; fue un hijo muy deseado. Sus padres lo concibieron en el eclipse más extraordinario de todos los cielos, que se oscureció durante un lapso de tres días. Al finalizar su concepción, todos los signos eran buenos augurios: sería él el elegido para traer la paz al mundo que lo vio nacer.
Pero las malas lenguas lo acusaron de ser un advenedizo que se vanagloriaba de ser el mejor guerrero. Eso lo entristeció mucho; no comprendía cómo había gente tan mezquina que lo vilipendiaba, acusándole sin motivos.
Su querida madre le enseñó a confiar en sí mismo y a escuchar el murmullo de la madre tierra; su padre le enseñó a luchar, a servirse de los elementos del planeta, dominar su fuerza y liberar su naturaleza indómita. No debía prestar oídos a aquellos que lo querían mal; solo debía prestar oídos al dolor de su planeta.
M. D. Álvarez
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