sábado, 30 de mayo de 2026

Las 48 versiones..

Me estaba volviendo loco o estaba en un manicomio. Había 48 versiones de mí en la habitación, y todas insistían en que yo era la copia. Yo era el único que llevaba una camisa de fuerza; los demás casi logran convencerme de que yo era la copia, pero todos se giraron al oír el clic del picaporte y corrieron a esconderse, como si fuera fácil: 48 versiones ocultándose, unos detrás de las cortinas, otros tras una lámpara de pie y otros muchos tras el sofá. El único que quedaba era yo, atado con aquella camisa de fuerza. La puerta se abrió y apareció mi ángel protector, que corrió hacia mí ante el estupor de mis 48 versiones, que gesticulaban para atraer su atención.

—¡Mi vida! ¿Pero qué te han hecho? —dijo en alto para que los médicos acudieran raudos.

—Señorita, no se le ocurra quitarle la camisa de fuerza; nos ha costado lágrimas, sudor y sangre poder enfundársela.

Ella lanzó una de sus heladoras miradas y desabrochó la primera correa, y siguió desarrollando el resto, viendo cómo aquel medicucho de tres al cuarto palidecía de terror y salía pitando.

—Ya está, mi vida, vámonos de aquí.

Yo todavía veía a mis otras versiones en aquella habitación aséptica e inmaculada de un blanco nuclear que dañaba a la vista. Le susurré al oído: —¿Estamos solos en la habitación?

Ella me miró y miró alrededor; las versiones hacían aspavientos para llamar su atención.

—Solo estamos tú y yo, mi sol.

—¿Y esos 48, quiénes son? —pregunté visiblemente nervioso, pues veía que iban acercándose con cara de pocos amigos.

—Mi dulce amor, me estás asustando. Aquí no hay nadie, salvo tú y yo —refirió nerviosa.

La primera versión se fusionó conmigo, seguida de las otras 47. Cuando todas estuvieron en mi interior, pude percibir que todas ellas eran yo. Mi personalidad multifacética había creado tal cantidad de versiones que me saturé y las expulsé, quedando casi vacío, sin recuerdos. Ahora que había resuelto el puzzle, tuve acceso a recuerdos que ni sabía que tenía. 

Incluso acudieron a mí recuerdos de vidas pasadas y siempre estaba ella como denominador común; siempre había estado allí en cada vida y momento. Ella me mantenía cuerdo y anclado a ella por los siglos de los siglos.

Calmando mi furia con su melosa voz, apaciguaba al monstruo que pugnaba por salir todas las noches de luna llena, amenazando con destrozar mi maltrecho cuerpo.

En una de mis vidas anteriores, un licántropo me hirió y su sangre se mezcló con la mía, maldiciendo mi existencia para toda la eternidad. Si no fuera por ella, no habría logrado sobrevivir, y ahora acudía de nuevo en mi auxilio al enterarse de que me habían detenido por desorden público y, tras un juicio rápido, ingresé en el psiquiátrico de Blackwell's Island.

Nos dirigimos hacia la salida; tuvimos que atravesar los tres niveles con sus celdas a ambos lados, todas ellas cerradas a cal y canto. Tan solo se escuchaban los gritos de angustia de los encarcelados. Cuando ya creíamos que esta era la salida, el facultativo se plantó en jarras con un grupo de seis recios celadores que, con porras, esperaban la orden de reducirnos. Ella los fulminó con la mirada, pero yo la aparté a un lado. Justo en ese momento, la luna llena se reflejó en el espejo de la entrada. La bestia se despertó y, ya fuera por el temor hacia ella o porque tenía sed de sangre, actuó de forma bestial, despedazando al matasanos y a los seis celadores. Visto el percal, intentaron huir, pero no hubo escapatoria.

Ella, en vez de huir presa del pánico, se acercó y susurró a mi oído: —Calma, mi dulce amado, ya está, ya somos libres. 

Se dirigió al portalón que parecía cerrado con barras de travesaños que habían sido fijadas con anclajes sellados con pernos de seguridad, pero nada lograría retenerme allí.

Me fui hacia la puerta y la desencajé sin dificultad. Una vez fuera, la cogí en brazos y emprendí una carrera desenfrenada. Las alarmas habían saltado y, en apenas diez minutos, la policía se personaría en el psiquiátrico; por eso teníamos que poner tierra de por medio.

Cuando estuvimos lo suficientemente lejos, la deposité con cuidado en el suelo. Llevaba toda la noche corriendo y el alba estaba despuntando. La bestia retrocedió, volviendo a mi terror.

Ella me miró como solo ella sabía; no necesitaba palabras. Me abrazó y el llanto llegó, un llanto desesperado, contenido hasta estar a salvo.

—¿Qué ocurre, mi vida? —pregunté, compungido.

—Creí que te había perdido en el laberinto de tu psique. No podía creer que te hubieran detenido y, mucho menos, que te encerraran en ese maldito lugar.

—Siento haberte preocupado, no fue esa mi intención —susurré, cabizbajo.

—¿Y qué ocurre con tus 48 versiones? —preguntó con suavidad.

—Ya no están, se fusionaron conmigo y ahora todo está en orden —respondí con un cierto toque de temor, ya que sabía lo de mis 48 versiones.

Ella pareció percibir mi temor y dijo: —Nuestro amor se forjó en los albores de la creación y en cada reinicio tú guardas una copia de ti con todos nuestros recuerdos. ¿Sabes cuántos reinicios de universos hemos presenciado tú y yo?

—¿49? —dije al percatarme de lo que significaba aquello. 

Ella asintió; era mi igual. Sin ella, no habría reinicio posible. Guardaba, igual que yo, sus distintos reinicios con sus consiguientes personalidades. Somos el principio y el fin del multiverso, guardianes del saber universal y de la historia que seguía escribiéndose en los anales arcanos.

Su sola presencia calma mi atribulado corazón; su tacto duerme a la bestia que se encuentra en mi interior. Creo que se siente culpable por aquel ataque que sufrí en el reinicio número 10. Desde aquel momento, la maldición acompaña mi alma, sumiéndola en una constante agonía. Cada noche de luna llena, su preocupación la consume. 

No sé cuánto más podré sobrellevar el dolor que le estoy causando con mis continuos sobresaltos.

Ella me mira y enseguida se da cuenta de lo que estoy pensando y me dice: —Ni lo sueñes, estamos juntos en esto. Te quiero a ti y a todas tus versiones. 

Se encamina a nuestro hogar en el centro de un bosque primigenio que, a modo de muro, protege la colina ancestral, la misma que nos recibe con cada reinicio. Su manto verde, cuajado de florecillas de multitud de colores, nos recibe con docilidad mientras ella me coge de la mano y me lleva, con calma y delicadeza, al centro del claro donde una preciosa cabañita nos espera; esa misma cabaña que construí con mis manos en el primer comienzo, la misma que oculta nuestras vidas cotidianas, el amor que nos profesamos, los atardeceres dorados y amaneceres rosáceos.

Allí, y solo allí, soy feliz con ella. Juré no volver a abandonar el redil; terminaré mi vida junto al amor de mi vida, y ella lo sabe y cuida de mí con un fervor casi religioso, sabedora de que mis otras versiones están presentes en cada momento de nuestras vidas. Pero con la solemne promesa de que, si en algún momento se descontrola alguna de mis 48 versiones, ella será la primera en saberlo, pues su sola presencia hace que todas las versiones regresen a mí sin perder ni un ápice de su cordura. Con lo que me quedo tranquilo y calmado, sé que junto a ella fui, soy y seré feliz.

​A medida que el sol terminaba de alzarse sobre la colina ancestral, comprendí que mi amada no era solo mi ancla, sino el vínculo sagrado que mantenía unido el tejido del tiempo. Mis 48 versiones previas, ahora silentes en mi interior, dejaron de ser un estruendo para convertirse en una biblioteca de sabiduría compartida. Cada una de ellas recordaba el roce de sus manos en una era diferente: bajo cielos de azufre, en ciudades de cristal o en bosques que ya no existen.
​Entramos en la cabaña y el aroma a madera y resina me devolvió la paz que Blackwell’s Island intentó arrebatarme. Me miré las manos, aquellas que horas antes eran garras sedientas, y solo vi al hombre que ella eligió amar desde el Primer Comienzo. La maldición del licántropo, ese eco del reinicio número 10, no era más que una cicatriz en un alma que ha sobrevivido a la extinción de galaxias enteras.
—Descansa, mi amor —susurró ella, mientras el multiverso se reajustaba a nuestro alrededor—. Mañana seguiremos escribiendo los anales.

Me dormí sabiendo que, aunque el universo estalle una vez más, despertaré en el reinicio 50 y volveré a buscarla. Porque en este tablero infinito de versiones y espejos, ella es la única verdad absoluta e inamovible de todo lo creado e increado. 

Ella me besa y se recuesta a mi lado como cada noche a lo largo de los eones, hasta el fin de los tiempos.

Fin

M. D. Álvarez. 

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