Su estado era tan débil que una nimia brisa lo podría matar; su sistema inmunológico había sido dañado por un virus que había terminado con sus defensas.
Él dormitaba en su regazo; por primera vez, ella lo protegía con mimo y ternura. Su cuerpo, otrora fuerte y atlético, se encontraba visiblemente débil; su rostro apolineo demacrado.
Ella lo miró y, por vez primera, lo vio sereno; sus impenetrables ojos azules la observaban con cariño. Alzó su débil mano y limpió una furtiva lágrima que corría por su bello rostro.
—No llores —susurró él, y su voz, que antes solía retumbar con autoridad, era ahora apenas un roce de seda contra el silencio de la habitación.
Angie sostuvo esa mano esquelética contra su mejilla, cerrando los ojos para memorizar el calor que aún emanaba de su piel. Era irónico cómo el destino había invertido sus papeles. Él, que siempre había sido el muro infranqueable, el hombre de decisiones frías y voluntad de hierro, ahora dependía de la protección de su adnegad aAbgie.
—Gracias por... —empezó él, pero un acceso de tos lo interrumpió, sacudiendo su extenuado cuerpo.
Angie lo estrecho con delicadeza esperando que la tos parara y rezando para que no sucumbiera al esfuerzo cuando el acceso de tos cesó
—No hables —le pidió ella con dulzura, acariciándole el cabello—. Solo descansa.
El asintió por primera vez en mucho tiempo, no luchó contra el sueño. Se sentía a salvo, no porque fuera fuerte, sino porque ella finalmente había aprendido a ser su refugio.
M. D. Álvarez
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