Los mismos dioses perdían la compostura por las ofrendas de aquella devota, que tenía como guardián a aquel lindo y atlético licántropo.
—Este es tu plato; siempre será más grande que el de ellos porque tú eres mi amado y dulce guardián —dijo ella acariciando su denso pelaje.
Los dioses se sintieron ninguneados y trataron de arrebatarle su plato, pero sufrieron el ataque furioso.
M. D. Álvarez
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