Lo depositaron en una pequeña canastilla que colgaron de una de las ramas de un frondoso y majestuoso árbol de Júpiter. El chiquitín apenas contaba con un mes de vida, pero sobre él pesaba una gran maldición.
Sus amados padres no tuvieron el valor de matarlo, pues sus dulces ojitos azules los miraban con amor y ternura. No conocía las causas de tal abandono, pero jamás los culpó; no emitió ningún llanto.
Fue encontrado por una gran osa a la que llamaremos Arkoúda que, con sus aterradoras zarpas, lo descolgó con mimo. Algo en aquellos dulces ojillos azules la cautivó; había perdido a su osezno y amamantó a aquel pequeño benjamín, lo adoptó y fue la madre más protectora y amorosa de la región. Creció rápido, fuerte y agreste, pero nunca perdió su mirada de inocencia.
Cuando cumplió la mayoría de edad, la maldición se hizo presente. Arkoúda se dio cuenta de que su joven cachorro tenía un linaje licantrópico, pero su fuerza de voluntad logró dominar a su furibundo lobo.
Él comprendió que, si no lo hubieran abandonado, no habría sobrevivido. Y deseo visitar a sus padres. Arkoúda había conservado la canastilla y la manita donde aquel dulce querubín fue envuelto; todavía conservaba el aro de su amada madre, jazmines y lavanda.
Una noche en la que cazaba junto a su madre, Arkoúda, él percibió aquel agradable aroma. Ella no trató de retenerlo; es más, le animó a seguirlo y conocer a sus padres. Sabía que su joven cachorro retornaría junto a ella, pues no conocía otro mundo que no fuera el amoroso bosque y las criaturas que en él poblaban.
M. D. Álvarez
No hay comentarios:
Publicar un comentario