Aunque no se me permitía hincarle el diente a su tierna carne, no hasta que los mayores hubieran degustado su dulce pieza; y solo entonces se me permitiría saciar mi hambre con las pocas migajas que aquellos vejestorios se dignaran a dejarme.
Menos mal que mi augusta madre se valía de su rango y separaba una porción de su más que suculento cuerpo.
Aquella gacela había sido preparada para la manada.
M. D. Álvarez
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