Añoro ese sabor tan delicioso a perejil y ajo bien picado. No sabía que aquello me salvaría la vida.
Al ver cómo se acercaba aquella criatura que me miraba con desdén y supremacía animal, con el único propósito de morderme el cuello, sentía una parálisis opresiva.
Y cuando noté que me mordía, percibí un cambio en aquel ser; su cara de asco y perturbación me dio fuerzas para clavarle la estaca en el corazón.
Menos mal que seguí los consejos de mi abuela, por muy estrafalarios que fueran. Si quieres dejar descolocado a un vampiro, no tienes más que rociarte con el dulce aroma del ajo y el perejil.
M. D. Álvarez
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