sábado, 27 de junio de 2026

Segunda ola de calor.

—Pero, ¿tú lo ves? Ahí plantado delante del aire acondicionado, en pelotas. —bufó Clara.

—Que estoy bajando la temperatura para poder refrescar a Angie —respondió Marcus.

—Sí, refrescar, dices... Si no le da una lipotimia, será un milagro —siseó furibunda Clara..

Clara, la hermana de Marcus, negó con la cabeza mientras se abanicaba con una revista de decoración. El piso era un horno a treinta y ocho grados, y ver a su hermano en mitad del pasillo, inmóvil como una estatua griega, pero con la marca del bañador y los pelos de punta por el chorro de aire congelado, no ayudaba a bajar la temperatura.

​—Tiene lógica científica —declaró Marcus, sin abrir los ojos ni romper su pose de sacrificio humano—. Si mi temperatura corporal desciende, cuando me acueste al lado de Angie en la cama haré el efecto de un bloque de hielo de nevera portátil. Absorberé su calor por transferencia térmica. Lo he leído en un foro de física térmica.

​—O sea, que tu plan para reconquistarla después de la bronca de ayer es presentarte en la cama como un cadáver congelado —concluyó Clara, cruzándose de brazos—. Qué romántico, Marcus. Seguro que le bajan las pulsaciones del susto.

​—No fue una bronca, fue una discrepancia climática. Ella quiere dormir abrazada porque dice que si no, "ya no nos queremos", pero con este calor abrazarse es un intento de homicidio involuntario. Así que me sacrifico. Por el amor.

​En ese momento, la puerta del baño se abrió y Angie salió envuelta en una toalla, secándose el pelo. Se detuvo en seco al ver el panorama en el pasillo. Miró a Marcus de arriba abajo, fijándose en la piel de gallina que ya le cubría los brazos y en cómo le castañeteaban ligeramente los dientes.

​—Marcus —dijo Angie, parpadeando lenta y deliberadamente—. ¿Qué estás haciendo?

​Marcus intentó sonreír con naturalidad, aunque el labio inferior le temblaba.
​—Hola, mi amor. Nada, aquí... preparándome para ser tu zona de confort térmica esta noche. Siente mis bíceps, están a la temperatura ideal de la nevera.

​Angie miró a Clara buscando una explicación, pero su cuñada solo levantó las manos en señal de rendición.

​—No me mires a mí. Dice que lo ha leído en un foro.

—Ay, mi amor, tú siempre tan considerado y cortés —respondió Angie, visiblemente complacida.

M. D. Álvarez 

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