Marcus ni siquiera alzó la vista del vaso que secaba. —¿A qué te refieres?
—Angie. La mención de su nombre hizo que Marcus, por fin, lo mirara. Su compañero sonrió. —Es esa joven que no sabe cómo llamar tu atención. Tiene un carácter fuerte y adora a los hombres recios, pero contigo se derrite. Y tú, como un idiota, finges no ver que está perdidamente enamorada de ti. Ella desea que seas tú quien ocupe sus pensamientos... y su cama.
—Pero yo no creí que le gustara de esa manera.., , carraspeó Marcus, incómodo.
—Pues, como no te des prisa, se te adelantará el primero que la mire como ella necesita ser mirada. Alguien que no dudará en quitártela., remató su compañero.
La idea le taladró la mente. No era un hombre de palabras, sino de actos. Por eso, esa misma noche, fue a buscarla cuando salía del bar contiguo que regentaba.
—Marcus, ¿qué haces aquí?, preguntó Angie, sorprendida al verlo plantado junto a su coche. Lo notó tenso, con la mandíbula apretada.
Él se acercó, su voz era un ronco susurro. —Angie... No sé cómo actuar contigo. Cada vez es más difícil.
Ella frunció el ceño, confundida pero expectante. —¿Qué ocurre? Dime.
—¿Por qué no me dijiste que te asaltaron la semana pasada en el parking?, soltó de golpe, cambiando de rumbo. Era la única excusa que había encontrado para justificar su presencia.
La pregunta la pilló por sorpresa. ¿Cómo lo sabía? Ella se lo había contado solo a una amiga.
—No sabía cómo decírtelo —confesó, bajando la mirada—. No quería que te preocuparas o que pensaras que no puedo cuidarme sola.
—¿Quién fue? —preguntó él con una voz que ahora era pura piedra.
Ella lo miró con una ternura que solo él le sacaba. —Llevaba la cara cubierta. No pude reconocerlo. —Era la verdad.
Marcus exhaló un suspiro profundo, toda la tensión de su cuerpo transformándose en otra cosa. —Sabes que te quiero, ¿verdad? Pase lo que pase. Eres importante para mí. Lo dijo en voz baja, como un secreto.
—Sí, lo sé —respondió ella, y dio un paso hacia él, cerrándola la distancia—. Por eso a veces desearía que lo nuestro... fuera más. Que no siempre tuvieras que proteger desde lejos.
—Y yo —admitió él, con un desasosiego que le nublaba la mirada—. Pero mi cargo, esta responsabilidad... no me deja dedicarte el tiempo que mereces.
—No te preocupes —susurró ella, alzando una mano para acariciar su rostro con una delicadeza que contrastaba con la rudeza de sus facciones—. Yo seguiré esperándote el tiempo que haga falta.
Y en ese momento, bajo la tenue luz de la farola, Marcus supo que su compañero tenía razón. No podía esperar para siempre.
M. D. Álvarez
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