—Estáis ante una leyenda —dijo ella al ver emerger a su amor, un sanguinario licántropo de un color tan negro que atrapaba la luz. La bestia renacía del cuerpo del joven humano que se había interpuesto en la trayectoria de una bala destinada a ella.
—Angie, ¿estás segura de que no es peligroso? Últimamente, Marcus estaba muy irascible —dijo uno de los compañeros.
Ella lo miró furiosa y dijo: —Jamás, en su estado, bestia o humano, me hizo ningún rasguño, y si está irascible, será por vosotros.
Marcus lanzó un aterrador aullido y se acercó con delicadeza a Angie, que lo miraba con una ternura tan cálida que Marcus se postró ante ella.
—Mi sol, tú no debes postrarte; tú eres mi dulce amor—dijo ella, agachándose y colocando su delicada mano sobre la magna cabeza.
M. D. Álvarez
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