Nunca me fui del todo. Te observé desde la espesura crecer, tropezar y hacerte fuerte. Sabía que habías vuelto cuando el aroma a jazmín y tierra mojada, ese que solo tú desprendías, inundó el aire del valle.
Te encontré en el mismo claro, sentada sobre una roca, mirando hacia la penumbra de los árboles. Ya no eras la niña de manos regordetas, sino una mujer de ojos verdes que parecían buscar algo perdido. Me acerqué con cautela, ocultando mis garras bajo el musgo, temiendo que esta vez el hombre que habita en mí, o la bestia que lo protege, te asustara.
Pero cuando una rama crujió bajo mi peso, no gritaste. Te levantaste despacio.
—Sabía que seguías aquí —susurraste, y tu voz era la melodía que me había mantenido cuerdo en las noches de luna llena.
Me quedé paralizado en la frontera entre la luz del sol y la oscuridad de los pinos. Mis ojos azules se encontraron con los tuyos. Por un instante, volví a sentirme aquel cachorro indefenso ante tu bondad. Diste un paso hacia mí, sin miedo al monstruo del que todos hablaban, extendiendo tu mano como lo hiciste aquella noche en el árbol.
—Todavía tiritas —dijiste con una sonrisa triste, notando el leve temblor de mi respiración contenida.
En ese momento comprendí que, aunque el mundo nos viera como la bella y la bestia, para nosotros el tiempo no había pasado. Yo seguía siendo tu protector, y tú seguías siendo mi hogar.
M. D. Álvarez
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