Llevaba cuatro años sin dormir dos horas seguidas desde que aquel desgraciado no cesaba de despertarlo mientras estaba convaleciente, después de una operación a vida o muerte. Su nivel de estrés llegó a límites peligrosos; su ira fue creciendo cada vez que aquel hijo de su madre abría la boca. Su paciencia iba disminuyendo hasta que, una buena noche, su furia lo convirtió en una mala bestia que amordazó al paciente de la cama de al lado con su cabestrillo
A la mañana siguiente, la enfermera preguntó: —¿Qué tal ha dormido?.
—Como un bebé, respondió él.
Mientras, en la cama de al lado, el paciente permanecía silenciado por el cabestrillo.
M. D. Álvarez
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