Abriste los ojillos, que eran verdes, y me miraste extrañada en vez de asustada. Era una pequeña bolita de pelo suave y algodónoso. Abrí los ojos y te vi mirarme con visible alegría. Tus regordetas manitas juguetearon con mis diminutas orejillas..
Te debí de parecer achuchable, pues me agarraste con determinación de no soltarme. A pesar de ser tan chiquitín, podía ver tu bondad y, aunque notabas que no te quería hacer daño, permaneciste agarradita a mí y no querías soltarme.
Al amanecer, escuché un leve crujido en la maleza y me levanté justo a tiempo; era un oso aterrador, pero no me moví de tu lado. Aún con mi aspecto de tierno peluche, enseñé mis colmillos; aquello no pareció amedrentar a tan fiero oso. Así que me alcé sobre mis dos patitas traseras y gruñí. No sé si por desidia o porque vio algo en mis ojos, el oso se alejó. Volví a tu lado; seguías durmiendo. Con los primeros rayos del sol, abriste tus adorables ojillos. Me tenías sujeto con suavidad, pero seguía despierto observándote.
El bosque despertaba. Los pajaritos trinaban a lo lejos y se oían voces que llamaban. Tú reconociste la voz de tus padres y, a pesar de tu corta edad, te levantaste. Te ofrecí mi lomo para que te apoyaras y te acompañé al linde del bosque. Dócilmente, te di un pequeño empujoncito con mi hocico y me adentré en el bosque. Me volví a mirar y te vi abrazando a tus padres; a la vez, tenías tus preciosos ojillos mirándome y sonriendo.
Aquella fue la primera vez que supe que te quería.
Continuará...
M. D. Álvarez
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