Desolación, destrucción y devastación era todo lo que alcanzaba a ver. No había ni rastro de sus amigos, pero su corazón le decía que estaban vivos. Sus orejas buscaron cualquier sonido; a tres kilómetros, percibió un leve crujido y se dispuso a reconocer el lugar.
Vio una roca de unas 7 toneladas; el crujido salía de debajo de la roca. Intentó levantar tamaña roca, pero no lo logró. Se puso a escapar, estaba seguro de que el crujido venía de debajo de la piedra. Logró abrir una zanja; bajo la piedra se abría un acceso a un subterráneo. Se coló por la abertura y avanzó a oscuras. Hasta que su vista se acostumbró, al fondo del pasadizo vio tres sombras que se volvieron al escuchar palos. Una de las sombras avanzó a tientas hacia él; cuando llegó a su altura, utilizó su mano para reconocer su rostro..
—Eres tú, la oyó decir, —pero no estabas en coma.
—Nada me impediría acudir a rescataros —dijo él con determinación—. —Vamos, tenemos que salir de aquí —dijo mientras los guiaba a través del pasadizo. Ayudó a salir a cada uno de sus amigos, tras lo cual utilizó el teléfono vía satélite para pedir la evacuación.
M. D. Álvarez
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