martes, 23 de junio de 2026

Siempre vendré por ti.

Tras aquel vidrio blindado se encontraba la persona que más quería. Estaba encerrada tras aquel cristal de 3.5 pulgadas; era un cubo de 3 x 3 metros que se estaba llenando rápidamente de agua helada. 

Comenzó a golpear el cristal con sus puños con tal furia que empezó a mellarlo. A cada golpe, sus puños se destrozaban, pero no cesó hasta abrir un resquicio y entonces dejó salir al licántropo, que a dentelladas comenzó a abrir un hueco, liberándola. 

Cuando estuvo fuera, el licántropo se mostró protector con ella; era la pareja de su huésped. 

Gracias a él, seguía vivo en su interior, pero vivo. Al amanecer, regresó al interior de su huésped, que, con los puños destrozados, se acercó a ella, que estaba cubierta por una gruesa manta de oso. 

Dormía tranquila. Se tendió a su lado hasta que ella comenzó a moverse y girarse hacia él.

—Sabía que vendrías, dijo, besándolo con dulzura.

—Sabes que no hay nada que me detenga cuando se trata de ti —refirió, mirándola a los ojos. Ella buscó sus manos y, cuando vio que estaban destrozadas, preguntó:— ¿Qué te has hecho, mi vida? —dijo ella, sujetando sus manos con delicadeza.

—Hice lo que tenía que hacer para salvarte —respondió él, besando su frente con ternura. Ella sonrió, aliviada y agradecida, sabiendo que su amor lo superaba todo.

M. D. Álvarez 

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