miércoles, 17 de junio de 2026

Mazmorra.

Siguían tratando de someterlo, pero ni el dolor más atroz conseguiría quebrarlo. La sala de torturas era el rincón favorito del verdugo, que continuaba despellejándole, pero él no emitía ningún grito; no iba a darles el gustazo de asustar a los demás prisioneros. 

El verdugo era paciente, se tomaba su trabajo a conciencia, y cuando terminó de torturarlo, lo echó a la celda donde estaban los demás prisioneros. Él, con las pocas fuerzas que le quedaban, se arrastró a la zona más oscura; no quería que los allí presentes sufrieran por el horror de sus cicatrices. Solo hubo un prisionero que se apiadó de él; era una rehén a la que habían secuestrado para pedir un rescate. 

Cuando vio sus heridas, no pudo reprimir un ahogado grito. Se sentó a su lado y le preguntó: "¿Por qué dejas que te torture? Eres demasiado joven para sentir semejante dolor".

—Lo hago por todos los que están en esta celda. ¿Crees que alguno de ellos soportaría tal dolor sin irse de la lengua? —respondió él, esbozando una desdibujada sonrisa.

—¿Pero cuánto más crees que podrás mantenerte sin romperte?

—Hasta que lleguen los refuerzos —respondió él en un tono casi inaudible.

De allí a un rato, un gran estruendo resonó en las celdas para dar paso a un batallón liderado por una hermosa licántropa que supo de inmediato la gravedad de las heridas de su aguerrido compañero. Desgajó los barrotes de la celda y lo vio.

—¡Serás desgraciado! Voy a matar a ese verdugo —bramó furiosa mientras lo recogía con delicadeza y lo sacaba de allí, mientras el resto del batallón liberaba a los prisioneros. La joven rehén trató de seguir a la licántropa, pero en cuanto esta se dio cuenta de que la seguían, se giró y le dijo: —No te inquietes, es mi marido. Voy a cuidar de él. Lo sacó de aquella mazmorra y lo subió a la gran nave donde disponían de cámaras de regeneración en las que podrían recuperarlo.

Ella volvió a la mazmorra a buscar al salvaje verdugo que había torturado tan cruelmente a su amado. Lo encontró escondido y muerto de miedo, pero no tuvo compasión de él; lo evisceró y desmembró como advertencia de que si alguien volvía a ponerle las manos encima a su marido, sería cruelmente castigado.

M. D. Álvarez 

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