Marcus abrió los ojos en el mundo real, jadeando. El dolor en su pecho era real, pero también lo era el calor de su mano. Ella seguía allí, en la penumbra de la habitación, con esa mirada que lo anclaba a la vida.
—¿El mastodonte? —preguntó con voz rota.
—Derrotado. Como siempre. Como todo lo que intenta separarte de mí.
Él sonrió débilmente. Sabía que ella no era solo un sueño. Era lo único real en medio de aquel laberinto de pesadillas que su mente enferma construía cada noche.
Y entonces, en la oscuridad, algo rugió de nuevo.
—No ha terminado —dijo Marcus, incorporándose con esfuerzo—. Esta vez… esta vez no huiré.
Ella apretó su mano y lo miró a los ojos.
—Entonces yo tampoco.
Y juntos, esperaron la siguiente oleada.
M. D. Álvarez
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