Antes de que el grito pudiera formarse en sus labios, sus ojos se encontraron con los del licántropo. Ya no había humanidad en ellos, solo un fulgor amarillo de tormentosa resignación. La bestia resolló, una nube de vapor en el aire frío, y luego retrocedió, fundiéndose con las sombras del bosque como si nunca hubiera estado allí.
Quedaron solo él y la chica.
Ella se arrodilló a su lado, su vestido blanco la oscura flor que comenzaba a florecer en su torso. No mostró sorpresa, ni miedo. En sus ojos había una satisfacción serena, un poder antiguo.
—Shhh —susurró, y sus dedos, increíblemente suaves, se posaron sobre los bordes desgarrados de la herida.
La mirada de ella estaba fija en la marca, no con horror, sino con una extraña veneración.
—Ahora —dijo, y su voz era tan sedosa y peligrosa como la promesa de la noche—, eres mío para siempre. Nadie más te tocará. Nadie más osará. Llevas el sello de mi amor y de su furia.
—¿Por qué? —logró articular, su voz un quebrado susurro.
Ella se inclinó, y sus labios, en lugar de posarse en los suyos, se acercaron a su oído.
—Porque lo que es verdaderamente valioso debe ser tallado con dolor, no acariciado con placer —respondió—. Él te ha dado la bienvenida a nuestra familia.
M. D. Álvarez
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